Cada vez que perdía algo, mi abuela me cogía por los hombros y me decía: "ponte a hacer otras cosas que ya ves como aparece solo". Tenía razón. Siempre la tuvo. Ahora que soy casi una adulta (aunque aún me cueste reconocerlo) he ido perdiendo "cosas" por el camino, muchas veces con la esperanza de no volver a encontrarlas. Paso a paso, segundo a segundo, año tras año, he apilado momentos y personas para enterrar aquellas partes de mi pasado que me desagradan y que me niego rotundamente a recuperar.
Creo que pensando bien las cosas, si vine a París fue en parte porque quería huír. La imagen que tenía de mi misma en Barcelona no me gustaba y deseaba empezar desde cero simulando ser otra. Sin embargo, tal como me diría ahora mi abuela si la tuviera delante: "te pusiste a hacer otras cosas y ahora ha aparecido". ¿El qué ha aparecido? Pues una persona que siempre me he empeñado en matar una y otra vez. La primera vez que me propuse hacerla desaparecer me juré no volver a mencionar su nombre, ni siquiera pensarlo. Lo logré. Después llené su ausencia con la existencia de personajes variopintos que me ayudaron a hacer de mi tiempo libre algo más ameno. Los años pasaron. Su imagen era ya algo difusa en mi mente. No recordaba el tono de su voz ni la forma de sus manos que me fascinaban tanto ni lo último que nos dijimos.
Pero entonces, un día se me apareció su fantasma, así, sin más. Me pasé unos cuantos días con un gran malestar como si viniese de romperme. Su sombra se deslizaba por las paredes. Le escuchaba susurrándome cuando apoyaba mi cabeza en la almohada. Fue entonces cuando me propuse matar a esa persona por segunda vez con el propósito de que vencería a la muerte y a los estragos que va dejando por el camino.
Pasó un año y unas cuantas bocas por mi cama. Me encerré en mi estudio y me puse a escribir como una demente. Me inventé trabajos y exámenes. Hasta parecía que adelantaba al tiempo vivendo veinticuatro horas diarias como si fueran treinta y seis.
Me creía recuperada, sin embargo, un día cualquiera, me desperté pensando en aquella persona que había matado dos veces. Empecé a repasar sus ojos que creía ya comidos por los gusanos, recorrí con mis dedos su pelo que tantas veces toqué como si ya no fueran ceniza y escuché su voz como si nunca hubiera sido silencio. Entonces volvió a aparecer. Él volvió a aparecer, esta vez en carne y hueso. Ahora que no dejo de encontrármelo medio muerto medio vivo me pregunto si acaso no será Él lo que busco. O tal vez será que a los fantasmas no se les puede matar.