dimanche 23 octobre 2011

Las primeras palabras siempre son lo más difícil

Hola, me llamo Nadia y hace dos años y poco más que vivo en París. Hice las maletas con la excusa de que quería tener un mejor futuro haciendo una carrera en el extranjero (cosa que no deja de tener algo de verdad). Le dije a mi madre: "Mamá, me voy que no me quiero morir de hambre aquí" y con un beso me despedí de mi familia, de mis amigos, de Barcelona y de la carrera que dejé a medio empezar. Pero la cuestión es que mi mayor motivación por la que decidí embarcarme en esta gran odisea (vivir en París te pone a prueba cada segundo que respiras) no fue monetaria sino emocional (¡ajá! y no, no es lo que estáis pensando).

Veréis, me encanta escribir. Me fascina hasta tal punto que a veces doy miedo: si se me viene una frase en mitad de la calle soy capaz de pararme en seco teniendo el semáforo en rojo, sacar un bolígrafo y escribírmela en la mano sin importarme que provoque un atasco descomunal (cosa que ya ha pasado). Pensé que viniendo a París encontraría la inspiración -y sobre todo el tiempo y el espacio personal- para escribir y acabar de una vez por todas con un sin fin de proyectos que he ido guardando en libretas a medio llenar. ¡Craso error! desde que llegué apenas tengo tiempo para nada. Mi carrera me ocupa las veinticuatro horas del día y cuando tengo un rato libre estoy tan cansada que no tengo fuerzas para sentarme y escribir sin pensar en otra cosa. Mi fantasía de escritora bohemia empezaba a esfumarse y eso me aterraba (sigue aterrándome cuando veo que me he pasado un mes entero sin escribir una sola línea). Entonces es en esta parte de la historia que entra mi amiga (¿cómo puedo llamarla? a ver, a ver) Valentina. Entró mi amiga Valentina.

Valentina es una gran seguidora de mis historias y siempre me ha apoyado y motivado en mi afición (que a todo esto yo creo que empieza a ser un tanto cansina para mi madre: "¡Si tanto te gusta escribir, pues escribe y deja de quejarte"! me repite una y otra vez y no deja de tener razón). Un día yo estaba comentándole a Valentina lo mucho que me preocupaba mi situación de falta de horas en el día cuando me dijo: ¡hazte un blog! Yo la verdad es que en un principio fui un poco reticente a la idea. Un blog te obliga a estarlo actualizando constantemente y para eso hay que tener ánimos y TIEMPO. Pero entonces se me abrieron los ojos y me di cuenta de que eso era justamente lo que necesitaba: obligarme a escribir. Yo no sé si a alguno de los que estáis leyendo esta publicación le gusta escribir pero para los que no lo saben, no basta con tener buenas historias en la cabeza y excelentes argumentos y personajes extraordinarios: el desafío está en saber plasmarlo en el papel y darle vida. Para eso se necesita mucho entrenamiento, es decir, muchas horas de lectura, escritura y comederos de cabeza.

Una vez que hice el blog con la ayuda de Vale me pregunté: ¿y ahora sobre qué escribo? Estuve varios días dándole vueltas al asunto hasta que se hizo la luz en mi cerebro: ¡de París! Pero no de París como ciudad sino de lo que ocurre por estos lares. Muchos deben de pensar que en una ciudad cosmopolita y europea como lo es la "ville lumière" no pasa nada extraordinario. He de admitir que cuando llegué también lo creí: al mes de vivir aquí juraba que lo había visto todo. Tan ingenua. Ya llevo dos años en París y no podría haber estado más equivocada cuando pensé aquel disparate. De hecho han pasado tantas cosas y ha entrado y salido tanta gente de mi vida que ya ni siquiera sé por dónde empezar.

Bueno, lo importante es que he roto el hielo conmigo misma (mi pantalla ya no está en blanco) y entre línea y línea he escrito la primera entrada de este blog.