Cuando llegas por primera vez a París la ciudad te sorprende, te cautiva. Cada rincón tiene poesía, incluso los metros destartalados que parecen latas de conserva. Haces lo típico que hace cualquier turista: te vas a la Torre Eiffel, a los Campos Elíseos, al Arco del Triunfo, a la torre de Montparnasse, te das un paseíto en un bateau mouche, te comes una crepe en el barrio de Montmatre, te tomas un café en una típica terraza parisina, etcétera, etcétera. Cuando al cuarto o quinto día regresas a tu vida normal dejando atrás la ciudad francesa te vas con la idea de que París es una ciudad llena de romanticismo y de bohemia.
La cuestión es que cuando te quedas más tiempo en París (por ejemplo durante un tiempo digamos... ¿indeterminado?) crees en un principio que la ville lumière va perdiendo su gracia a medida que van pasando los días, las semanas, los meses. París ya no te parece una ciudad tan bohemia. El encanto se rompe cuando ya no puedes disfrutar un café con leche de forma regular porque te cuesta seis euros. Tu pasión por sus calles se apaga cuando te llega la primera factura de electricidad sin mencionar lo que cuesta encontrar un alquiler a un precio que se adapte a tu bolsillo de estudiante. Las energías que gastas en sobrevivir son tantas que te quedas sin batería para captar la verdadera esencia de la ciudad que está, por si no lo sabías, en la gente que conoces y no en los cafés ni en las calles, ni siquiera en las latas de conservas con ruedas. Las personas que te cruzas en París creo que no te las puedes cruzar en ningún otro sitio del mundo. Son personajes de novelas traídos a la vida por algún escritor desquiciado que se hizo con el poder de dar forma humana a sus fantasías tanto excéntricas como perfectas.
La protagonista de hoy será Candela. Mi adorada y preciosa Candela.
Los padres de Candela no podrían haberle puesto mejor nombre, porque esa mujercita es pura candela. Cuando la ves por primera vez piensas, o mejor dicho tienes la sensación incómoda de que has conocido a alguien con el que solo podrás tener un monólogo -siendo tú el que va a tener que darse el trabajo de abrir la boca - porque ella no va a hablar en el mucho o poco rato que estéis compartiendo esa franja de espacio-tiempo que el destino os ha obligado a compartir (desgraciadamente para tí). Su voz, que parece que en cualquier momento va a apagarse como la llama de una vela, refuerza esta idea un tanto catastrofista de su persona. Tampoco ayuda su cuerpo menudo ni sus piernas finas ni sus ojos pequeñitos y redondos como de susto.
Recuerdo que la primera vez que la vi fue en la cola de las inscripciones para la licenciatura. Estaba acompañada de su padre, un hombre serio y de mirada grave que daba la impresión de estar enfadado (o por lo menos eso me decía su ceño fruncido y su frente arrugada). Miraba a todos los lados girando la cabeza con violencia como si estuviera buscando los culpables de ese malestar desconocido para todos los allí presentes (que a todo esto comenzábamos a ponernos nerviosos con su presencia). Candela estaba a su lado, con la cabeza gacha y los brazos a los costados de su cuerpo. No movía la boca y si respiraba, yo eso no lo noté. Se asemejaba a esas muñecas flácidas de trapo que con el uso parece que ya no tienen ganas de vivir. Me dio mucha pena.
La segunda vez que la vi fue en clase de español. Estaba sentada adelante de todo, con la libreta ya en la mesa y los lápices en posición vertical. No hablaba con nadie. Yo -como siempre- llegaba tarde así que no me quedó más remedio que irme a la última fila. La seguí con la mirada hasta que me senté. No me podía creer que fuéramos a la misma clase. "Es el destino", me dije (hace un año que somos amigas y sigo pensándolo). Mi sorpresa llegó cuando la profesora nos hizo presentarnos. Una vez que todos hubimos hablado, le tocó el turno a Candela. Sé que había empezado a hablar porque veía sus labios moverse pero no escuchaba nada de lo que decía. "¿Puedes hablar un poco más fuerte, por favor?", le dijo la profesora. Entonces Candela paseó su mirada por cada uno de nuestros rostros, tragó saliva y pronunció alto y claro, llena de ferviente expresión: "Hola, me llamo Candela, y soy uruguaya aunque hace muchos años que vivo en París". Creo que no exagero cuando todos nos quedamos con la boca abierta no por el hecho de que fuera uruguaya, sino por la forma en como lo dijo. Su frase sonó igual a como suenan aquellas grandes noticias que marcan nuestra historia para siempre. "Vaya, uruguaya", pensé. En aquel mismo instante toqué madera y pedí perdón al cosmos por haberme hecho una idea preconcebida de aquella voz que cuando quería podía tener tanta fuerza como el canto de un batallón.
La tercera vez que la vi, fue en la cafetería de la facultad. Me acerqué simulando una espontaneidad innata aunque en realidad estaba muerta de miedo.
-Hola, ¿Candela, verdad? ¿te importa si me siento contigo?
-No para nada, me dijo ella con una gran y preciosa sonrisa.
De ahí no sé cómo fue que a partir de ese momento nos hicimos inseparables. Es lo que tiene París, que te sorprende siempre.