Escribiendo esta entrada voy a traicionar a París, lo sé, y pido disculpas por ello. Sin embargo, creo que por esta vez puedo saltarme las reglas de mi propio juego y hacer una excepción.
Si bien París es un lugar lleno de magia (nunca me cansaré de repetirlo), Barcelona no se queda atrás. Me fui de la Ciudad Condal en busca de inspiración, de nuevos aires que me devolvieran las ganas de escribir. Lo sorprendente es que gran parte de los personajes que aparecen en mis historias son nada más ni nada menos que las semblanzas de aquellas magníficas personas que conocí allí (si alguna vez os sentís identificados con alguno de ellos ya sabéis el por qué).
Hace muchos años, cuando aún conservaba la esperanza de que el tiempo no pasaría para mí y que el día de tomar decisiones importantes jamás llegaría, conocí a Adriana.
Adriana cautivaba desde el primer "hola". Resultaba imposible ignorarla no solo porque era una chica muy guapa sino que también porque era de aquellas personas que tienen una especie de imán que te atrae inevitablemente hacia ellas. Todo en Adriana cautivaba: su voz tibia; su sonrisa permanente; sus profundos ojos marrones que me recordaban al café caliente que preparaba mi abuela; aquella manera efusiva que tenía de saludarte, de despedirse, de consolarte, de alegrarse contigo y de llorar si hacía falta. Nos podíamos pasar horas y horas charlando de miles de cosas, desde las más insignificantes hasta las más trascendentales. Nunca nos faltó tema de conversación y sabíamos quemar el silencio con miradas cómplices cuando el mundo se volvía demasiado complicado para entenderlo: "Estamos perdidas, ¿y qué?", me decía. Hacíamos miles de planes, miles de viajes, nos inventábamos historias y no nos importaba pasarnos el día abstraídas imaginando diferentes destinos siempre y cuando todos nos llevasen a lo que más deseábamos en la vida: ser eternas, quedar grabadas de alguna manera en este mundo aún después de que nos hayamos convertido en polvo, romper con las reglas del tiempo que todo lo mata y dejar nuestra huella. He de reconocer que nos esforzábamos por lograr nuestro objetivo: mientras ella repasaba cientos de guiones, yo escribía y escribía como si una fuerza casi criminal me llevara a comerme el papel con la tinta. En el momento cuando pasaba la pluma por las hojas me era imposible no detenerme de vez en cuando y perderme en su voz. Escucharla era como si de golpe te vieras en un millón de mundos extraordinarios sin tener la necesidad de moverte del sofá. A veces me quedaba tan llena de sus historias que sin querer escribía lo que ella decía y me veía obligada a arrancar la hoja y empezar otra vez, pero eso jamás me importó. El arte era todo para nosotras. Jugábamos a hacer críticas literarias y sobre artes escénicas en general. Para ello nos íbamos al cine decenas de veces (aunque después no tuviéramos dinero ni para tomarnos un café en el bar) y arrazábamos con las bibliotecas. Después que nuestro cerebro se hubo colapsado de tanta información nos llenábamos la boca dando nuestra opinión sobre lo que habíamos visto y sentido. No recuerdo haber vivido tiempos tan culturalmente prósperos como esos.
Pero el tiempo todo lo puede en esta vida. Hace años que no sé nada de ella. Ni siquiera sé cómo fue que perdimos el contacto. Supongo que nos hicimos adultas demasiado pronto. La vida te llena de responsabilidades y te va abriendo nuevos caminos que no tenías en el mapa. Sin querer nos vemos obligados muchas veces a coger difurcaciones que nos distancian de los que creíamos indispensables. Lo que sí me consuela es que ninguna de las dos ha dejado de hacer lo que le gusta: lo último que supe de ella es que acabó su carrera y que ahora está haciendo sus primeros pinitos en el teatro. Lo que es yo... bueno yo estoy en París intentando averiguar qué hago con mi vida y aprendiendo a levantarme. Siempre guardo la esperanza de que algún día más temprano que tarde volveremos a encontrarnos y quién sabe, tal vez podremos volver a ser aquellas adolescentes que tenían mucha pero que mucha arte.